HEMBRA MAGNA


De Alfonso Camín insertamos el poema "Hembra Magna," que recogemos del libro Alabastros, publicado en México en 1949. Con ello pretendemos dejar presente su obra, parte de su obra poética, recia y, como propia de un monarca lírico, regia. Sus poemas son de completa confección literaria. Sonoros y vibrantes. Emotivos y completos. Son, por ser de él, dignos del sitial más propicio para ser admirados en el altar del Parnaso. Del inmortal Parnaso en que moran las Musas todas y salen de ronda los dioses, con la flauta de Pan y el arco de Diana, mientras llevan corona de laurel para que luzca Dante la gloria de ser admirado...

Cuando Asturias, cuna del soberbio poeta que es y ha sido Alfonso Camín, sienta en sí el orgullo de admirar lo propio como admira lo ajeno, defenderá -y no soslayará, como hace-- la admirable obra literaria que ha dejado, además, como legado al Principado; pero que ha dejado para la historia literaria asturiana, para honra de sus hombres y de su pasado; que nadie, en lo que sabemos, ha cantado y honrado tanto a Asturias en sus obras y en sus gestas, en sus personajes, en sus tradiciones y, en suma, en su razón de ser. Nadie ha defendido y glorificado tanto a Asturias como el poeta autor de libros tan admirables y admirados como "El valle Negro", como "Entre Manzanos," "La Marisacala o el verdadero Bobes", "Águilas de Covadonga," "De Estrabón al Rey Pelayo," "De la Asturias simbólica," "La Danza prima," "El Adelantado de La Florida," "Los poemas de México." y, en fin, otros muchos títulos, que la lista de obras publicadas raya el centenar. Y esos son muchos libros y muchos los temas que ha tratado. Y eso, sin contar su revista NORTE donde queda una ingente obra que asombraría si se diese a luz algún día.

HEMBRA MAGNA

yo dudo si tu obscura
y enorme cabellera es sombra de la altura
con que nos iluminas...
Sé sólo que destellas,
y ante mis ojos, plenos de exaltación, caminas
abandonando estrellas..

Tu frente es mármol vivo
donde hay un Sol oculto, de tu pasión cautivo,
para alumbrar tu alma;
y así soberbiamente,
como un volcán dormido sobre su propia calma,
desprecia al Sol tu frente...

Tus ojos de tragedia
como las pavorosas noches de le Edad Media,
son como dos abismos
en donde con recatos,
se ocultan las pasiones y los romanticismos
y los asesinatos...

Tus cejas, largas alas
de golondrina errante, que al contemplar tus galas,
fue tras de tus antojos.
¡Murió por ser audaz!
Y te dejó las alas, como arcos de tus ojos
y orgullo de tu faz.

Son tus mejillas grana,
como los dos pedazos de la mejor manzana
que, ubérrima en simientes,
me dio el pomar mejor.
!Recuerdo mis manzanas: hundo en tu faz mis dientes,
y encuentro igual sabor¡

Tus labios son el fino
borde de un vaso donde ya se desborda el vino
rojo cual sangre tibia.
¡No en vano al verte a ti,
tiemblan todos los viejos lobos de la lascivia,
aullando siempre en mí!...

Los besos de tu boca
son como las abejas de una colmena loca,
la roja miel brindando
como maduras fresas,
y gozas cuando sientes que está también sangrando
la boca que tu besas...

¡Oh extraña faz que finge
la encarnación del Alba y el gesto de la Esfinge,
que brilla y desparece
bajo la luz lunar...
¡Y una visión de gloria crepuscular parece
cayendo sobre el mar...!

Tu cuello, curva de ola.
El gran cisne de Leda rompiendo su corola,
viendo tu cuello altivo,
creyera en sus asombros,
ver otro cuello blanco de cisne imperativo,
surgiendo de tus hombros.

Tus senos son ceñudos
gurdas que los pezones presentan como escudos
el paso de mis manos,
y tiemblan con mi aliento
igual que cuando el viento sacude los manzanos
y va la flor al viento...

Tus brazos, gracia y brío,
son como las dos curvas en que se parte un río
para abrazar la roca.
Vigor que me avasalla,
cuando mi boca vibra más cerca de tu boca,
y el beso nunca estalla...

Tus flancos los presencio
lo mismo que dos albos merinos en silencio,
trémulo de emoción,
bellos y pensativos;
ávidos y en espera de los copulativos
momentos de pasión...

Toda tú, magna hembra,
digna de que los astros ponga en ti su siembra,
me pareces, agreste,
trascendiendo a manzana,
la aparición gloriosa de una mujer celeste,
soberbiamente humana...

Tómese nota de la paternidad del poema: Alfonso Camín. (1890-1982)